06 septiembre 2016

LEALTAD

El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. Daniel 3:1

“Daniel y sus compañeros tenían una conciencia sin ofensa delante de Dios. Pero esto no se logra sin lucha. ¡Qué prueba significó para los tres amigos de Daniel la orden de adorar la gran imagen instalada por el rey Nabucodonosor en la llanura de Dura! Sus principios les prohibían rendir homenaje al ídolo, porque era un rival del Dios del cielo. Sabían que le debían a Dios toda facultad que poseían, y aunque sus corazones estaban llenos de generosa simpatía hacia todos los hombres, tenían la elevada aspiración de mantenerse enteramente leales a su Dios” (En los lugares celestiales, 151).

Este es un claro ejemplo de la voluntad del hombre queriendo cambiar con sus fuerzas e inteligencia la voluntad revelada de Dios. Dios dijo que Babilonia era la cabeza, pero no sería eterna, y Nabucodonosor, al hacer la estatua toda de oro, estaba dando el mensaje de que Babilonia sería eterna porque él la había fundado.

¡Cuántos proyectos tenemos acariciados en la vida, que no se ajustan a los planes que Dios ha delineado claramente en su Palabra! “Mi novio no es de mi fe”; “Este trabajo paga bien pero es en sábado”; “Si hago estos exámenes en sábado, saldré rápido”. Y sacrificamos nuestra lealtad a Dios por un logro temporal.


Sadrac, Mesac y Abed Nego nos brindan una lección de fidelidad, de lealtad. ¿Cuál es la estatua de oro resplandeciente que te invita a ser adorada? ¿Es un vicio, una oportunidad, o una relación, pero que quebranta tu lealtad a Dios? Pues es hora de asumir la posición de un hijo y una hija fiel a su creador.

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