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04 agosto 2016

DULCES COMO MIEL



Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel. Ezequiel 3:3.

“El salmista oró: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley”. Salmos 119:18. El Señor lo escuchó, porque David dijo: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! ¡Más que la miel a mi boca!”. Salmos 119:103. “Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que la miel, y que la que destila del panal”. Salmos 19:10. Y así como Dios escuchó a David y le contestó, así también nos escuchará y nos contestará, llenando nuestro corazón de gozo y felicidad”. (A fin de conocerle, 197).

Al iniciar su ministerio profético, el profeta Ezequiel recibió la orden de comer un rollo escrito, que simbolizaba la Palabra del Señor. Le resultó dulce como la miel en su boca. La cuestión aquí es que la Palabra del Señor puede resultar dulce para nuestras vidas, siempre y cuando sean abiertos nuestros ojos, y eso se logrará gracias al dulce ministerio del Espíritu Santo en nosotros.


La felicidad que Dios te desea dar se desarrolla gracias a tu acercamiento a su Palabra, al escudriñarla y estudiarla. La mayor bendición que Dios nos da es la certeza de su compañía, y recuerda que ello se logra por el estudio diario de la Biblia; por el “devorar” sus dulces palabras que llenarán nuestros corazones de dulzura y satisfacción, aunque sean palabras de reprensión, serán la evidencia de un Dios que no es indiferente contigo, que se importa contigo y que desea verte mejor cada día.

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