29 diciembre 2015

HUMILDAD



2 Reyes 20:6  “Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo”.

“Pero el orgullo y la vanidad se posesionaron del corazón de Ezequías, y ensalzándose a sí mismo expuso a ojos codiciosos los tesoros con que Dios había enriquecido a su pueblo”. (Profetas y reyes, 255).

Luego de ser avisado de que su hora de morir estaba por llegar, el rey Ezequias oro fervientemente porque Dios le diera un tiempo más de vida.

Con gozo el profeta volvió con un mensaje de esperanza: quince años más de vida, le dijo. Quince años más para dar sabiduría y paz a una nación que necesitaba ser apacentada y dirigida en el temor de Jehová. Se le dio una receta para encontrar sanidad y la gracia de Dios se manifestó con un milagro poderoso en el cielo.

Al enterarse de la salud del rey, representantes de un floreciente Babilonia llegaron para dar sus saludos al rey. Esta era una ocasión de oro para el rey a fin de manifestar su devoción y agradecimiento al Dios verdadero. Hubiera sido un poderoso testimonio para los paganos; pero el orgullo ocupó el lugar en el corazón del bendecido rey.

En esos quince años más de vida de Ezequías ocurrieron hechos que luego redundaron en sufrimiento para el pueblo: primero, mostró los tesoros de Jerusalén, luego nació uno de los reyes más malvados de sus anales, Manasés.

Lo primero preparó el camino para la invasión de Babilonia en años posteriores.

Hoy seamos hijos humildes del Señor, capaces de dar honra y gloria al Rey del Cielo por todos los dones que Él nos permite administrar.


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