19 agosto 2015

SACADO DE LAS AGUAS

Éxodo 2:3  “Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río.”

Entonces viendo que ya no podía esconderlo con seguridad, preparó una arquilla de juncos, la impermeabilizó con pez y betún, y colocando al niño en ella, la depositó en un carrizal de la orilla del río.  No se atrevió a permanecer allí para cuidarla ella misma, por temor a que se perdiera tanto la vida del niño como la suya, pero María, la hermana del niño, quedó allí cerca, aparentando indiferencia, pero vigilando ansiosamente para ver qué sería de su hermanito.  Y había otros observadores.  Las fervorosas oraciones de la madre habían confiado a su hijo al cuidado de Dios; e invisibles ángeles vigilaban la humilde cuna.  Ellos dirigieron a la hija de Faraón hacia aquel sitio.  La arquilla llamó su atención, y cuando vio al hermoso niño una sola mirada le bastó para leer su historia.  Las lágrimas del pequeño despertaron su compasión, y sus simpatías se conmovieron al pensar en la madre desconocida que había apelado a este medio para preservar la vida de su precioso hijo.  Decidió salvarlo adoptándole como hijo suyo.” (Patriarcas y profetas, 248).

Lucy estaba muriendo de leucemia, ella era una joven de solo 21 años y fui testigo de cómo la vida se le iba de a pocos. Ella era todo lo que un cristiano podía ser. Muchos “porqués” surgían en la mente de sus padres quienes se rehusaban ver morir a su hija, y llegaron a endeudarse con mucho dinero para luego ver apagarse la chispa de vida de Lucy, un día de primavera.

Los padres son capaces de hacer esfuerzos titánicos por salvar la vida de sus hijos. Incluso esfuerzos aparentemente inútiles. Pero Dios los comprende por que el verdadero amor de los padres emana del amor de Dios.

¿Poner a un niño de tres meses de edad en una balsa de juncos? “¡Imposible!”, “¡Que inhumano!”, “¡Que torpeza!”. Pero a pesar de las críticas de quienes contemplaban la escena en silencio, en la mente de una madre desesperada había fe. Todos los esfuerzos de ella, aunque aparentemente inútiles, estaban llenos de fe. Y Dios premia la fe.


“¡Pero mi hijo murió de cáncer!”, “¡Un conductor ebrio lo mató!”, “¡Quedé sin el uso de mis piernas!”, “¿¡Por qué Dios salvó a Moisés y a mí no me ayudó!?”.  Si has pedido con fe, no fuiste desamparado. Solo que aun no puedes ver como Dios te ayudó en medio de aquel indecible episodio de dolor. Solo luego de mucho tiempo, el Señor te demostrará que en esos momentos de suprema agonía, El te llevaba en sus brazos. Su providencia siempre te ayudó como a Moisés.

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