Google+ Followers

30 agosto 2015

QUE ARDA EN EL FUEGO DE LA SANTIDAD

Levíticos 6:13  “El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará.”

“… No necesitamos el estímulo de un júbilo que disipe la reflexión, que no dé lugar a la consideración y establezca costumbres livianas y conversaciones vulgares que apesadumbran al Santo Espíritu de Dios y que nos incapacitan para la contemplación del cielo y de las cosas celestiales.  Esa es la clase que tendrá motivo para lamentarse y plañir, porque no estará preparada para los elevados gozos del cielo.  Estará proscrita de la presencia de Dios.  Pero ante la luz de la presencia de Dios, los justos resplandecerán y serán supremamente felices.
No interesa lo que nos rodea sino lo que está dentro de nosotros.  No lo que tenemos sino lo que somos nos hará verdaderamente felices.  Necesitamos un fuego vivo en el altar de nuestros propios corazones.  De ese modo veremos todas las cosas con una luz dichosa y feliz”. (En lugares celestiales, 246).

Cuando se dieron las instrucciones sobre los holocaustos a Moisés, se dieron una serie de normas y reglamentos sobre vestimenta, procedimientos y ejecución del ritual para que los Aarón y sus descendientes los siguieran. Era el sacrificio por la expiación de aquellos que habían faltado a la verdad o habían ofendido a su hermano. Esta serie de recomendaciones elevaban la mente del sacerdote oficiante y del penitente hacia la elevada esfera celestial, hacia la presencia de un Dios Santo y benigno que ofrecería su propia vida para salvación del impío.

Este mismo fuego de sacrificio es el fuego que debiera arder en nosotros, un fuego consumidor pero ya no sobre Cristo porque ya lo dio todo por nosotros, el símbolo ya se cumplió, sino sobre aquellos lastres que obstaculizan nuestra entrada al cielo.

Aquellas cosas que nos producen felicidad vacía, felicidad hueca, aquella felicidad entre comillas que termina cuando pasa el efecto de las drogas, cuando acaba la película o la sesión, cuando se apagan las luces y se detiene la música, aquella felicidad producto de las cisternas rotas del mundo, pero que abrigamos en nuestros deseos deben ser ahora consumidos por el fuego de la santidad del Señor.

Necesitamos experimentar la felicidad plena y profunda (sin aspavientos ni frivolidades) que produce una conciencia limpia y la certeza de haber sido aceptados por el Señor Jesucristo. La felicidad del hijo pródigo que luego de sentirse contrariado por todo lo que recibió de su padre sin merecerlo, es llevado al interior de la casa para alegrarse en el gozo redentor y misericordioso de su amado progenitor.


La gracia de Dios y su misericordia manifestada en la aceptación de tu persona y de la mia, el manto de justicia que pone sobre ti y sobre mí y el proceso de santificación que el quiere lograr contigo y conmigo es lo que debe generar amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Debe generar la pregunta: “¿Qué quieres que deje por ti Señor, qué quieres que queme en el fuego y se consuma para siempre?”.

No hay comentarios.: