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20 diciembre 2013

SINDROME DE ESTOCOLMO

Síndrome de Estocolmo

He conocido noviazgos en los que uno de los dos es un agresivo, y maltratador, y la otra parte, se siente mal del maltrato, lo señala, lo juzga y lo critica; pero con el tiempo, llega a aceptar la situación de maltrato y a integrarla a su relación “normal” de noviazgo. Esto es un trastorno de salud.

“… Graciela Ferreira (1995) señala como uno de ellos… (trastorno de salud que padecen las mujeres maltratadas, el agregado en mío)…  el Síndrome de Estocolmo. La idea sería que aproximadamente una cuarta parte de las mujeres en esta situación sufre las mismas reacciones psicológicas de los prisioneros de guerra o las víctimas de los secuestros, es decir, sufre el llamado Síndrome de Estocolmo: una persona amenaza de muerte a otra y parece capaz de llegar al extremo de matar. La víctima no puede escapar y su vida depende de la persona que la ha hecho prisionera. El opresor se muestra cariñoso y violento alternativamente. La víctima pasa por cuatro pases de victimización: Desconfianza y negación del problema (esto no me puede estar pasando a mí), aceptación de la situación (la víctima acepta la situación y cree ser totalmente dependiente del opresor), depresión traumática y estrés post-traumático e integración del trauma en la vida normal, siendo esta última situación la que permitiría explicar por qué se queda”.[1]

Varios noviazgos presentan esta disfuncionalidad, y es necesario que la víctima reciba orientación especializada para que “despierte” y decida desintegrarse del trauma que ha resultado ser la relación destructiva que ha hecho parte de su desarrollo como persona.


“Montero propone el Síndrome de Adaptación Paradójica a la Violencia Doméstica (SAPVD). Lo define como un conjunto de procesos psicológicos que, a través de las dimensiones de respuesta cognitiva, conductual y fisiológico emocional, culmina en el desarrollo paradójico de un vínculo interpersonal de protección entre la mujer víctima y el hombre agresor, en el marco de un ambiente traumático y de restricción estimular, a través de la inducción de un modelo mental, de génesis psicofisiológica, naturaleza cognitiva y anclaje contextual, que estará dirigido a la recuperación de la homeostasis ficológica y el equilibrio conductual, así como a la protección de la integridad psicológica, en la victima (Montero, 2001:9). La víctima de la violencia atravesará por diferentes fases sindrómicas (desencadenante, reorientación, afrontamiento y adaptación, siendo en la última fase en la que se culminará con el proceso de vinculación paradójica de la víctima con su agresor”.[2]

Esta última cita es muy interesante. Mi abuelita me decía lo mismo de manera más simple: “Hijo, todo roto tiene un descosido”. Si en este camino de la vida se encuentra un manipulador (a), con una víctima que necesita ser dominado, entonces se dará la combinación perfecta para el desarrollo de la vinculación paradógica (Síndrome de Estocolmo). Entonces veremos cuadros terribles y denigrantes de uno de los dos maltratando a la otra, humillándola o exponiendo sus errores, y la víctima llegando a justificar a su atacante (novio) afirmando: “Déjenlo, sus razones tiene… me lo merezco”.

Por otro lado es posible que la víctima haya desarrollado un complejo de inutilidad que la lleve a pensar que solo podrá existir saludablemente con el agresor al lado.  Es necesario que los padres desarrollemos vínculos fuertes con nuestros hijos para corregirlos o conducirlos por el camino del desarrollo afectivo saludable.

Salga a comer con su hijo o hija, y converse sobre sus expectativas. Explore sus miedos; pregunte sobre si existe algún agresor o agresora en su vida, y cómo está manejándolo. Extiéndale ayuda sincera y fraterna. Intervenga de ser necesario. Es necesario orar mucho y ayudar a las víctimas del Síndrome de Estocolmo con ayuda especializada.

Jóvenes, recuerden que nuestra confianza completa debe estar solo en nuestro amoroso y cariñoso Dios, y no en amigos, o novios o jefes o autoridades, sino en el Señor quien nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.



[1] Bosch Fiol, Esperanza, and Victoria A. Ferrer. La voz de las invisibles: las víctimas de un mal amor que mata. Madrid: Ed. Cátedra, 2002. 139.
[2] Bora, S. Hombres maltratadores. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2010. 67.

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