17 agosto 2013

VIENE EN LAS NUBES


Apocalipsis 1:7 “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”.

El Señor vendrá con las nubes y sobre las nubes; el Señor Dios Todopoderoso, ante el cual no puede haber pecado, ya no vela su apariencia; sus hijos son transformados en un abrir y cerrar de ojos y ahora si pueden soportar la presencia de su Padre celestial, de su Señor Jesucristo y del Señor Espíritu Santo.

La visión es apoteósica. Juan es arrobado por la felicidad y expectativa. No fue la única vez que vio venir al Señor en el Apocalipsis. Estando en plena visión, Juan vio como las nubes se abrían y daban paso a aquel sagrado cortejo, como un séquito de bodas. El hijo de Dios viniendo a encontrarse con su pueblo, con el pueblo fiel de todos los tiempos. Esto sonó como un mensaje de esperanza para quienes sufrían por la persecución de Domiciano.

Esto será visto por todo el mundo. Yo no sé si es que existe un lugar en todo el mundo, un punto en la bóveda celeste que pueda ser visto a cierta hora por todos los ángulos de la tierra habitada, y tampoco creo que se vean estas terribles escenas gracias a las comunicaciones satelitales, porque luego de aquel gran terremoto, no quedarán redes de transmisión. Esto será un evento divino. 

Dios encontrándose con su pueblo y todos los que estén vivos, entre buenos y  desafiantes impíos, lo verán. Los malvados para encontrar que la presencia de Dios es fuego consumidor, pero los vivos para levantar las manos y declarar: “Este es Jehová, le hemos esperado y Él nos salvará”.

En medio de todo esto, un grupo especial será resucitado. Los romanos que clavaron los clavos en las manos del Señor, “Los que le escarnecieron e hirieron estarán allí.  Los sacerdotes y príncipes contemplarán de nuevo la escena del pretorio.  Cada circunstancia se les presentará como escrita en letras de fuego.  Entonces los que pidieron: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos," recibirán la respuesta a su oración” (El deseado de todas las gentes, 689).

Los impíos horrorizados clamaran con locura a los montes, caed sobre nosotros; matadnos porque no podemos ver el rostro airado del Señor que viene a poner justicia.
Juan con alegría clama: “Amén”. Que así sea Señor… vuelve pronto y libera a tu pueblo de este mundo que no reconoce tu supremacía.

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