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24 agosto 2013

SIETE CANDELABROS


Apocalipsis 1:12 “Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro,”

En medio de la visión, todos los sentidos de Juan estaban involucrados. Todo su ser estaba comprometido con la visión, de tal modo que escuchaba a sus espaldas la voz del que le hablaba. Todos nosotros necesitamos escuchar y no solo eso, sino también mirar a quien nos habla. Juan lo hizo y se dio la vuelta para poder observar a su interlocutor.

Ser un profeta era un desafío a la consagración y valor del ser humano elegido, pero también era todo un privilegio. El profeta en visión no solo usaba sus sentidos, sino que era de tal manera envuelto que aun participaba, con todo su cuerpo, al punto de realizar movimientos coordinados que le permitieran observar mejor lo que está sucediendo en el entorno del mensaje que está recibiendo. Mucho mejor, de lejos, que una sesión de realidad virtual.

Lo primero que Juan vio fueron siete lámparas de pie, todas de oro. Aquí podemos observar algunos detalles. Primero las lámparas. Antes las lámparas eran del tamaño de una taza grande donde se colocaba combustible y tenían un mechero. Lo que Juan vio en todo caso eran siete pedestales que sostenían lámparas y esto resulta ser gráfico y oportuno, porque si Dios apagaba la luz de una lámpara, esta seguiría existiendo pero sin luz, sin cumplir su función. Esto tendrá algo más de sentido más adelante.

Otro detalle es que eran siete. Siete es un número que transmite plenitud, idea de perfección. Las siete lámparas estaban allí y no se las debe confundir con el candelero de oro del santuario, aunque aluden de algún modo a él, porque Cristo, en la visión, presenta características que llevan al lector a pensar en el Tabernáculo Celestial.
El último detalle que quiero destacar es que las lámparas eran de oro puro, y este material era uno de los que se usaban en los muebles del Santuario. Un material precioso, como preciosas resultaron ser las lámparas, no por su material, sino por su significado simbólico en la visión, en relación al interés de Cristo por ellas.

El ejercicio y participación del don de profecía exigía muchas cualidades del profeta como consagración, valor, disposición de servicio y obediencia, pero también lo hacía experimentar una manera muy singular de comunicación con Dios. Quizá alguno quisiera ser profeta, pero este don solo es dado por voluntad de Dios a quién Él quiera. La experiencia de un profeta difiere por mucho de la experiencia de un hijo de Dios que lo busca en oración, pero este último puede llegar a vivir una vida de comunión muy especial y significativa también.

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