16 agosto 2013

REYES Y SACERDOTES


Apocalipsis 1:6 “y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”.

Nos hizo el Señor reyes y sacerdotes para Dios, y esto es mediante la obra de consolación del Espíritu Santo, el cual colabora con el Padre y el Hijo en la salvación de nuestra raza caída.

Somos reyes y sacerdotes porque tenemos libre acceso ante Dios, y sin necesidad de un mediador humano; sin la necesidad de un sacerdote que nos ministre, sino que los hijos e hijas de Dios tienemos libre acceso al Padre porque podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracias para encontrar gracia y oportuno socorro.

La Trinidad está interesada en salvar al hombre. Todo el cielo está ocupado en rescatar, a quienes así lo quieran, de este mundo perverso y caído. Cuán grande es la misericordia del Señor al darnos esta gran oportunidad de Salvación.

Por ello, en gratitud a todo lo que la Deidad hace, el corazón del creyente clama: “A ti sea la gloria e imperio Señor, por los siglos de los siglos… amén”.

Algún día, los salvados de todas las edades se unirán en un coro poderoso y pleno para dar gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por haber diseñado el plan de la redención; por haber puesto todo en riesgo y en movimiento para alcanzar a la oveja perdida, a la moneda perdida, al hijo pródigo.

El corazón se llena de alegría y gratitud al saber que el Dios Creador, Eterno,  Omnisapiente, Omnipresente, Todopoderoso, es también Salvador, Justo y Amoroso.
Tal visión solo puede llenar de fe a sus hijos. Es por ello que el Apocalipsis podría llamarse también el último evangelio porque brinda las buenas nuevas de salvación a la iglesia cristiana, con profecías especialmente diferenciadas del pueblo judío, profecías aplicadas al pueblo remanente de la era cristiana, y también contra sus enemigos.

Dios da la seguridad de su cuidado por el remanente en el último libro de la Biblia y esto produce paz y seguridad en medio del conflicto entre el bien y el mal.

Nos aunamos a Juan en las palabras: a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén

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