06 junio 2013

ÍDOLOS

“No discurre para consigo, no tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego, y sobre sus brasas cocí pan, asé carne, y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?” (Isa 44:19 R60)

“Mientras que el amor puro considera a Dios en todos sus planes y se mantendrá en armonía perfecta con el Espíritu de Dios, la pasión se manifestará temeraria e irracional, desafiará todo freno y hará un ídolo del objeto de su elección” (Consejos para la iglesia, 207).

Hoy no tenemos una batalla contra ídolos hechos de madera, piedra o yeso, ya que es harto conocido su falta de espíritu para poder ayudarnos; pero hemos migrado de esos ídolos a otros más elaborados y a los que sí damos nuestra pleitesía.

Se trata de ídolos que pueden ser procesos, personas o sustancias. El consejo de hoy gira en torno a hacer de una persona un ídolo, pasando por alto sus defectos y sobre valorando sus virtudes.

¿Cuándo una persona deja de ser eso y pasa a ser una súper estrella? Cierta vez un amigo me dijo que un “ídolo es ídolo mientras sea inalcanzable”, ya que cuando vivimos cerca de él, entonces descubrimos que es uno más. Podemos llegar a admirar mucho a una persona, pero no olvidemos que el ser humano es integral… puede que ese “ídolo” esté rajado por otros lados, como en el manejo del tiempo, manejo del dinero, manejo de las emociones o buena dirección de la familia.

Puede que ese ídolo esté careciendo de lo que hace que seamos buenos cristianos; a saber, de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y temperancia. ¡Con razón el Señor nos invitó a no depositar nuestra admiración en el hombre!

El asunto es más grave si es que estamos enamorados, porque el juicio crítico se anula y no podemos ser objetivos. El problema muchas veces no está en el ídolo, sino en el “adorador”, que se vuelve un adicto al hombre. Pidamos a Dios sabiduría para no dar más honra de la debida a quienes son nuestros compañeros en esta vida o a quienes nos aventajan en la experiencia de fe, a fin de no ser piedra de tropiezo en su camino, ni añadir riesgos a nuestra experiencia de vida.

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