09 noviembre 2012

YO TAMBIEN PUEDO




He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. (Isa 42:1 R60)

“Por su sabiduría y su justicia, por la pureza y la bondad de sus vidas diarias, por su devoción a los intereses del pueblo, aunque era idólatra, José y Daniel demostraron ser fieles a los principios de la educación recibida en su niñez, fieles a Aquel de quien eran representantes. Estos hombres fueron honrados por la nación entera tanto en Egipto como en Babilonia. Un pueblo pagano y todas las naciones con las cuales estaban relacionados, contemplaron en ellos una ilustración de la bondad y la benevolencia de Dios, una ilustración del amor de Cristo” (La Educación, 54).

Cuando mi madre escuchaba un sermón sobre la vida de Daniel y José, se admiraba y luego dejaba escapar un suspiro y declaraba con una voz muy suave: “¡Cuánto me falta!”. Y es que una de nuestras principales batallas es contra nuestro propio sistema de recompensas personales, también llamado, deseos de la carne. Nuestras luchas contra nuestros gustos carnales que no honran al Señor.

¡Cuán sencillo sería si en lugar de un bistec deseáramos comer un plato de pallares!, o si en lugar de un helado, deseáramos tomar un buen vaso de agua pura. La batalla es contra nuestros deseos carnales. Por ello, cuando deseamos algo malo y elegimos intencionalmente lo bueno, no es por nuestro propio temor, sino porque el Espíritu Santo está operando un milagro en nuestros quereres. 

Las buenas decisiones serán el resultado de nuestra comunión con el Señor, quien opera su voluntad en nuestra voluntad, no nos despersonaliza, sino que nos ayuda a decidir lo mejor. Un sabio maestro de la Universidad Peruana Unión dijo: “Y en eso tiene mucho que ver la alimentación”. Aun el alimentarnos de manera correcta, el control de los apetitos, será el resultado de decisiones santificadas por la presencia de Dios en nuestros corazones. Como Daniel y José.

Hoy tú puedes ser el nuevo siervo de Dios, te sostendrá, pondrá sobre ti su Espíritu. Serás un mensajero de esperanza.

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