22 febrero 2012

JEZABEL LA PERSEGUIDORA




Apocalipsis 2:21 “Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación”.

La iglesia de Roma no solo recibió llamados a la corrección de parte de muchos hombres y mujeres fieles, los que fueron destruidos por la tenaz y desafiante rebelión a la verdad de la iglesia.

La historia que nos llega de los mártires quienes quisieron iniciar una reforma dentro de la iglesia de Roma nos llena de indignación, pero es una muestra de los llamados que hizo el Señor a través de sus siervos a una iglesia en abierta apostasía.

“La historia del pueblo de Dios durante los siglos de obscuridad que siguieron a la supremacía de Roma, está escrita en el cielo, aunque ocupa escaso lugar en las crónicas de la humanidad. Pocas son las huellas que de su existencia pueden encontrarse fuera de las que se encuentran en las acusaciones de sus perseguidores. La política de Roma consistió en hacer desaparecer toda huella de oposición a sus doctrinas y decretos. Trató de destruir todo lo que era herético, bien se tratase de personas o de escritos. Las simples expresiones de duda u objeciones acerca de la autoridad de los dogmas papales bastaban para quitarle la vida al rico o al pobre, al poderoso o al humilde. Igualmente se esforzó Roma en destruir todo lo que denunciase su crueldad contra los disidentes. Los concilios papales decretaron que los libros o escritos que hablasen sobre el particular fuesen quemados. Antes de la invención de la imprenta eran pocos los libros, y su forma no se prestaba para conservarlos, de modo que los romanistas encontraron pocos obstáculos para llevar a cabo sus propósitos” (El conflicto de los siglos, 66, 67).

Muchos fueron quemados, otros torturados, otros pasados a filo de espada, y muchos otros desaparecidos por tener como pecado tratar de vivir en armonía con la Palabra de Dios en abierta oposición a Roma y sus enseñanzas.

Roma nunca trató de conciliar ni arrepentirse de sus malos caminos sino que se volvió aun más perseguidora, digna heredera de una Roma pagana imperial y también perseguidora y opresora de los pueblos.

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