02 septiembre 2011

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Es fácil decir que no deberíamos sentir miedo al morir, pero cuando uno se encuentra con la muerte cara a cara, pues allí se ve de que están hechas las resoluciones.
Hace varios años, en un viaje que hice desde la ciudad de Lima hacia mi distrito pastoral en Chimbote, subí a una empresa de transporte en cierto paradero limeño. Cuando estuvimos transitando por la ciudad de Cazma, en el norte, cerca de la ciudad de destino, yo me encontraba durmiendo, cuando de pronto todo dio vueltas. Muy similar el movimiento, a lo que se ve en la televisión cuando se hace un juego de cámaras, que intenta indicar que hay una volcadura, es decir, la cámara da vueltas como una lavadora.
Lo demás no lo rucuerdo bien. Soñaba que viajaba con mi padre, y en el claro oscuro del amanecer, en la penumbra, en medio del bus que se encontraba de lado, a un costado de la carretera, comenzé a llamar a mi padre. La gente trataba de salir del bus, por la ventana rota de adelante del piloto.
Cuando recordé que viajaba solo, comenzé a salir del bus. Al amanecer, pude ver lo grave del hecho. Una mujer tenía la piel de la cabeza rasgada y la de su mano, jalada como cuando se medio saca una media. Solo lloraba. Otros estaban frotandose diversas partes del cuerpo. Algunos de pie, otros sentados en la arena de aquel desértico paraje norteño peruano.
Hasta que me percaté que debajo del bus volcado, se veía solo el cabello de un desafortunado hombre que quedó aplanstado debajo del armatoste.
Morir. No da miedo morir. Lo que me da temor, al menos a mi, es lo que pueda suceder justo antes de morir… y a algunos, lo que pueda suceder cuando se despierte del sueño de la muerte.
Morir ahogado, electrocutado, de cancer, en un accidente, agonizando con dolor, eso es lo que produce temor, porque el morir, en sí mismo, es un sueño.
Una vez un amigo me hizo una pregunta a la que no pude contestar: ¿Yván, sabes que se siente estar muerto?. La respuesta fue que no sabía. Entonces el salió con una genialidad. Me dijo que recordara algo antes de haber nacido. Obviamente no recordé absolutaente nada. Eso es precisamente lo que se siente estar muerto.
La Biblia dice que cuando Adán fue creado, Dios lo hizo del polvo de la tierra y soplo en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente, o un alma viviente, que es lo mismo en las escrituras (Génesis 2:7; 1 Corintios 15:45). La ecuación de la vida tiene que ver con la obra maravillosa de Dios de formar un muñeco de la tierra, y luego regalarle la vida, para que sea un ser humano… Adán.
Pero tambien dice la Biblia que cuando el hombre muere, sucede todo lo contrario:
"Y el polvo vuelva a la tierra, como era , y el espíritu [vida] vuelva a Dios que lo dio" (Elesiastés 12:7). El cuerpo se descompone y se hace polvo. El Espíritu, o la vida, se va a Dios; es decir, aquello que anima al hombre, desaparece. Se terminó la vida humana.
Y los pensamientos e intenciones del hombre tambien se acabaron (Eclesiastés 9:4-6). Ese es el final del hombre. La muerte es un dulce sueño. El dulce sueño de la muerte.
¿alguna vez te has quedado dormido, de tal modo, que pareció que apenas cerraste los ojos, los volviste a abrir y ya era de día?. Algo así es la muerte. Un sueño profundo. No se siente nada. No sentiste que pasaron ocho horas hasta que despertaste. Así, el muerto, no siente que pasaron años hasta que el Señor lo despierte porque los muertos en Cristo resucitarán primero (1 de Tesalonicenses 4:16)
Allí es cuando nos encontraremos con aquellos que nos fueron arrebatados por la muerte, para no volvernos a separar. Esa es la bendita esperanza en la salvación que el Señor nos ha provisto.
Allí está el centro de nuestro consuelo ante la muerte.
Aun para nosotros que creemos en la resurrección, la muerte es un enemigo que golpea muy duro y a veces, nos pone contra las cuerdas… pero no debemos olvidar que el Señor guardará nuestro sagrado depósito, hasta el día en que los hijos de Dios que murieron, salgan victoriosos de sus tumbas y las dejen vacías.
Entonces ellos levantarán las manos al cielo, alabarán al Señor, y al volverse a mirar las tumbas o nichos que dejaron, clamarán: ¿dónde está oh muerte tu aguijón? ¿dónde o sepulcro tu victoria? ¡sorbida es la muerte en victoria!. Se acabó la muerte y su carcel.
Hasta entonces, seguiremos siendo golpeados por este fatástico enemigo, pero recordemos que ha está vencido, por el maravilloso sacrificio de Cristo en la cruz del calvario. Amén.
Pero, el diablo no se ha quedado tranquilo, como veremos en el siguiente capítulo.

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