21 agosto 2011

TERCERA CLASE DE HOGAR Y FAMILIA


 ¿QUE ES EL AMOR?

Estamos en una época en la que se ha teorizado demasiado del amor y eso ha hecho que vivíamos en un mundo en el que se escribe sobre el tema, pero se ve menos del mismo. Pero el amor es real y vale la pena luchar por vivirlo, experimentándolo de manera auténtica.[1]
Es importante que seamos personas que vivan el amor, de manera concreta y no solo de palabras. Quien es amor, de manera pura y suprema es el mismo Dios. Pensemos en que Dios, que es amor, no es un ser solitario, sino que en su amor, vive en comunidad (la Trinidad) y se maravilló en tener una familia, la cual proclama por el universo que es amor.[2]
Quien aspire a amar de verdad, tendrá que relacionarse con la fuente misma del amor, y esa fuente es la comunión con el Señor a través de una vida de oración y estudio de su sagrada voluntad, así como del compartir los hallazgos de fe con el resto de personas. Ese es amor. El amor se basa en dar. Busca el desarrollo de la persona amada.
El amor verdadero gira en torno a ciertas características:
1 de Corintios 13:4 - 7 “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. 
El amor, en resumen, gira en torno al dar todo. Vida, dinero, tiempo, regalos, actos de servicio, paciencia, esfuerzo… entre otros, con el fin de beneficiar a quien es objeto del amor. Pero si solo el amor da, y se encuentra con otro que no sabe dar, sino solo recibir, entonces, el primero está siendo utilizado y no debería consentir en una relación de tipo “cisterna” ya que algún día el contenido de esa fuente se acabará.
Una persona que ama verdaderamente no da para recibir, sin embargo, recibe, porque ama a otra persona que también desea dar. Esta es la ecuación del amor verdadero. Dos personas que desean dar y dar al otro, por lo tanto, ambos reciben.
Esta es la clase de amor que hace que dos personas con pasados diferentes y hogares distantes, se unan y decidan envejecer juntos. Y llegar a ser una carne, no es solo en relación al sexo coital, sino en relación a llegar a comulgar en gustos, sueños, aficiones, acciones, hábitos, deseos… llegar a comunicarse sin palabras, sino con el idioma intimo de los gestos y muecas.
Esta experiencia, no necesariamente es gratificante siempre, sino que se construye en base a mucha paciencia, tolerancia, sufrimiento a veces, dedicación, esfuerzo. Eso es amor. Una ecuación cuyo resultado es la igualdad en la unidad.
En griego se conocen tres palabras que se traducen como amor, pero que abordan diferentes enfoques del mismo:
Ágape: este es el amor de entrega, de sacrificio, y su máximo exponente es Jesucristo. El se entregó a si mismo por nosotros. Su vida toda fue una vida de servicio y renuncia de sí mismo. Su entrega no solo fue durante tres años, sino aun su vida y sacrificio sobre la cruz. Toda su vida fue marcada con la generosidad.[3]
Este amor se manifiesta cuando una persona decide sacrificar horas de sueño por ayudar a su amigo, amada, o cónyuge, en actos concretos como, ayudarle con una asignación, buscar datos, o conseguir material didáctico en la web, en su propio hogar, para luego ir al encuentro del ser amado a su casa con los materiales conseguidos, en el primer y segundo caso, o en el tercer caso, ayudarle a hacer dormir a sus niños si se despiertan en la noche.
Eso es amor ágape ejemplificado.
Eros: esta palabra no se encuentra en la Biblia y designa al amor, también, pero está en contradicción con las escrituras sagradas. Este es el amor que abunda en el mundo y que domina a miles. Designa al erotismo más crudo y carnal. Eros es el amor del deseo, o el amor posesivo. Eros es el amor egocéntrico. Esta es la diferencia marcada con el amor de Dios. Entonces no es de sorprenderse que esta palabra no aparezca en la Biblia para designar al amor verdadero divino.[4]
Filos: sobre este, se puede encontrar mucho material que a más de uno a resultad empalagoso. Este es el amor entre padres e hijos. También puede darse entre pares, como entre hermanos, o amigos.[5]
Para llegar a casarse, se necesita algo de cada uno de estos amores, unidos en uno solo llamado amor verdadero de pareja. El amor ágape que implica sacrificio, unido al amor eros que denota deseo, y el amor filos que incluye camaradería, son los ingredientes necesarios, todos en equilibrio, claro está, para que una pareja emprenda el dulce camino de la vida en el estado matrimonial.
Este estado de madurez se logra cuando se ha superado los veinte años.
“El joven que aun no ha pasado los veinte años es un pobre juez de la idoneidad de una persona tan joven como él para ser la compañera de su vida”.  Una vez que ha madurado su criterio, se contemplan atados uno a otro para siempre, y quizá sin condiciones para hacerse mutuamente felices.  Entonces, en vez de tratar de sacar el mejor partido de su suerte, se hacen recriminaciones, la brecha se agranda hasta sentir completa indiferencia el uno hacia el otro.  La palabra hogar no tiene nada de sagrado para ellos.  Hasta su misma atmósfera está envenenada por palabras duras y amargos reproches.”[6]
Claro, se puede pensar que un adolescente ennovia, pero no para casarse. Pero un noviazgo en la adolescencia, sin la dirección adecuada (como generalmente se dá) tiende a elevar los riesgos del inicio precoz del comienzo sexual, un embarazo no deseado, un aborto o un contagio de alguna its (infección de transmisión sexual).
Otro asunto es ¿es necesario estar de novio o novia para conocer a alguien?, ¿Dónde quedó la grandeza de la amistad? ¿Dónde radica el apuro?
La adolescencia es un estado de condición y proceso de crecimiento; es la etapa del desarrollo humano que marca el final de la niñez y crea los cimientos de la edad adulta. Se experimentan cambios interdependientes en las dimensiones biológicas, psicológicas y sociales. Se inicia aproximadamente entre los 9 y 13 años y finaliza cuando el individuo alcanza la madures emocional y social, para asumir un rol de adulto, según se defina en la cultura en la que vive. Es una etapa de plena expansión intelectual y cognitiva, de asimilación de experiencias positivas y evaluación de valores e ideales.[7]
Este es un momento de grandes cambios a todo nivel, en el ser humano, y, aunque algunos sugieran que es normal que los adolescentes exploren el tema del amor, pues no es lo mejor, ya que están en la etapa de ganar madurez y ser amigos y amigas de diversos jóvenes y señoritas.
Los adolescentes, con su modelo inmaduro, posesivo, consideran que los adultos no se aman porque no quieren estar siempre juntos, no desean hacer los dos lo mismo, no están de acuerdo en todo y discuten, a diferencia de ellos que quieren estar todo el día juntos, confundiendo así el amor verdadero con el amor adolescente, posesivo e inmaduro. Los adolescentes piensan: “si me quieres, no hables con nadie, solo conmigo. No hagas nada con nadie, ni con tus padres, pasa el tiempo conmigo”, esto es una inmadurez social.[8]
Incluso, puede llegar a mimetizar sus formas de amar, no con lo que es mejor, sino con sus experiencias previas, no necesariamente saludables, obtenidas de sus padres o tutores, y hasta lograr madurar, puede desarrollar pensamientos como: “la mujeres no aman de verdad (porque mi madre no me amó)” o “los hombres son peligrosos (porque mi padre lo fue)”. Es necesario que lleguen a un estado de madurez mental para poder romper el círculo que los puede enredar.[9]
Llegar a disfrutar de manera saludable la adolescencia, y superarla como una etapa hermosa, es el requisito para llegar a la capacidad de amar, sin sombras del pasado, ni miedos al futuro.
Fisiología
La finiletilamina (PEA por sus siglas en inglés) es una neuroamina endógena capaz de potenciar el estado de ánimo y la sensación de energía, lo que crea una sensación de alegría y alerta.[10] Este neurotransmisor cerebral se produce en el hipotálamo y es el responsable neuroquímico del sentimiento de júbilo, exaltación, euforia y placer que experimentamos cuando estamos enamorados,[11] y en específico, cuando estamos cerca de la persona que atrae nuestra atención.
Con la presencia de dopamina, la feniletilamina se desdobla en noradrenalina y mezcalina, produciendo un estado alterado llamado “enamoramiento”, y este es el que se suele confundir por los adolescentes, con el amor.
Se produce una sensación similar a la un niño jugando. Todo toma una belleza inusitada, pudiéndose enamorar aun de una persona no muy atractiva físicamente.[12]
El paso de la pasión a la atracción profunda es debido a la presencia de endorfinas.
Otros componentes químicos que nos hacen sentir la euforia del amor es la dopamina, las norepinefrina que junto a la finiletilamina (PEA) nos crean un coctel explosivo de anfetaminas naturales.[13] Esto hace que quien experimente esto, soporte mejor el frio, el hambre y el sueño, al lado de la persona que cautivó su atención.
Pero cuando el amor se rompe, y uno de los dos esta aun enamorado, puede presentar los efectos del síndrome de abstinencia a las anfetaminas.[14]
Cuando esto sucede, una alternativa son los chocolates, ya que contienen un alto índice de PEA, para aliviar el dolor de la separación,[15] aunque definitivamente no es lo mejor.
Este grupo de sensaciones son las que biológicamente nos hacen sentir enamorados, pero que en la práctica pueden no ser la única guía para iniciar una relación de amor.
Si solo nos dejáramos llevar por el sentimiento, no estaríamos siendo razonables. Entonces se necesita hacer un balance entre lo racional y lo emotivo.
Cuando una relación se termina
Lo que sucede es que la persona que amábamos provocaba que nuestro cerebro generara, finitilaminas, catecolaminas, endorfinas, epinefrinas, que hacían que nos sintamos muy bien; y cuando la persona ya no está, pues simplemente esas sustancias químicas no están tampoco, ya no se secretan y entonces vivimos lo que podríamos llamar como un “síndrome de abstinencia”.
Necesitamos buscar a aquella persona. Entonces buscamos el mensaje de texto, el internet, el teléfono, de algún modo comunicarnos con el ser amado para poder menguar nuestro dolor. Pero esto no es lo mejor.
La relación se terminó y habría que ser lo suficientemente maduro para poder transitar las etapas que llevan el haber terminado una relación, siendo la primera, el llanto y la negación y es legítimo entristecernos porque hay dolor de por medio. Surgen preguntas como: ¿porqué a mi?, ¿Qué hice mal?, “No puede ser”.
Después viene la cólera o la ira y aquí existe el peligro de hablar mal de la persona que una vez amamos y que todavía seguimos amando.
La tercera etapa, es la etapa del regateo. La persona doliente se arrepiente de todas las cosas malas que dijo en la etapa de ira y acepta de manera parcial su situación y realidad. Tratan de comprender lo que sucedió.
La cuarta etapa es la etapa de la aceptación que va acompañada de un dolor generado por aceptar la ausencia de la persona que ama. Se inicia una etapa de silencio y apatía probable.
La quinta etapa es la etapa de la aceptación sanadora, es decir, se empiezan a restablecerse afectos, empieza a hallarse equilibrio emocional y la paz. Todo, poco a poco, vuelve a la calma y normalidad.[16]
Dicen los expertos que para que haya una total recuperación del dolor producido por haber terminado una relación de noviazgo, deben pasar 6 meses sin ningún tipo de comunicación con la persona que se amó, y luego de 6 meses se podría iniciar la relación de amistad con la persona con la que se terminó la relación. Luego de 6 meses podrían llamarse amigos nuevamente.


[1]Pablo A. Deiros, El amor es cosa seria (El Paso, Tx: Casa Bautista de Publicaciones, 1988), 5.

[2]Scott Hahn, Lo primero es el amor: descubre tu familia en la Iglesia y en la Trinidad (Madrid: Ediciones Rialp, 2006), 11.

[3]Pedro A. Larson, Principios de liderazgo espiritual (Terrassa (Barcelona): Clie, 1998), 108, 109.
[4]Lewis A. Drummond, Amor (Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 2004), 49, 50.
[5]Javier Sádaba, El amor y sus formas (Barcelona: Península, 2010), 111.
[6] Elena G. de White, Mensajes para los jóvenes (Mountain View, Calif: Publicaciones Interamericanas, Pacific Press, 1979), 449.
[7]Anameli Monroy, Salud y sexualidad en la adolescencia y juventud: guía práctica para padres y educadores (México, D.F.: Ed. Pax México, 2002), 11, 12.

[8]Maite Vallet, Cómo educar a nuestros adolescentes: un esfuerzo que merece la pena (Barcelona: Editorial Praxis, 2006), 170.
[9]Marie Lise Labonte, Hacia el amor verdadero (Barcelona: Ediciones Luciérnaga, 2010), 61.
[10] Alan F. Schatzberg, y Charles S. Nemeroff. Tratado de psicofarmacología. (Barcelona, España: Elsevier, 2006), 735.
[11] Manuel Almagro, Juan Isern Battló, Marcos Jiménez de la Espada, y Francisco de Paula Martínez Sáez. El gran viaje (Quito: Ed. Abya-Yala, 1998), 106. Vease también: Crooks, Robert. Nuestra sexualidad/ our sexuality ([S.l.]: Cengage Learning Latin Am, 2000), 207.
[12] Carlos Jimenez, El juego, nuevas miradas desde la neuropedagogía (Aula Abierta: Magisterio), 78.
[13] Rosemary Sullivan, Laberinto del deseo: las mujeres, la pasión y la obsesión romántica (Bogotá: Editorial Norma, S.A., 2002), 53.
[14] Eduardo Dallal, De la edad adulta a la vejez (México, UACJ : P y V Editores), 74.
[15] Linda White, El recetario herbario: las mejores alternativas naturales a los medicamentos (Emmaus, PA: Rodale, 2004).
[16] Masza Maszlanka Chilerowicz, El duelo (Málaga: Vértice, 2007), 74 – 76.

No hay comentarios.: