28 agosto 2011

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Esther nació en un capricho de la naturaleza llamado Mollendo, un puerto lleno de pintorescos parajes porteños que encanta a cuantos desiden transitar por sus calles tan llenas de recuerdos, añoranzas y sueños.
Ilustración 1 Mollendo, 1930[1]
Cuando don Leonidas Cárdenas y Petronila Salas supieron que su cuarto hijo era una niña, seguramente se llenaron de alegría, después de todo, era la última de cuatro hijos: Salomón, Leonidas, Cesar y ella, Esther.
Estudió en el colegio de la zona, el Deán Valdivia, inaugurado diez años antes de su nacimiento. Junto con sus amigas de infancia, conocieron y reconocieron el divino momento de la niñez y la adolescencia bajo la custodia de sus padres.

Ilustración 2 Antiguo Colegio Dean Valdivia, Mollendo[2]
Cuando niña, de más o menos 5 años, Esther se encontraba en el templo adventista de Mollendo [3](aproximadamente en el año 1938) el cual estaba ubicado en el segundo piso de un local, el cual, como todas las casas de la zona, era de madera. El pastor, un norteamericano, predicaba: “entonces, en aquel gran día, el mar se levantará y entregará a los muertos que en sus aguas durmieron”, ella se imaginaba que su mar mollendino, picado y espumoso, se levantaría como una doncella, con la espuma como velo, entregando en sus brazos a los hijos de Dios que descansan en su seno.
De pronto, un miembro de iglesia que sufría de epilepsia, presentó un ataque, y todos se pusieron de pie para socorrerlo; el pastor se detuvo; las bancas sonaron,  las personas se movieron, las maderas rechinaron y la niña Esther se levantó de sus modorra típica de muchos niños en el sermón del sábado, exclamando: “Cristo viene papi, Cristo viene”.
De niña, le decía de cariño, mi gordita. Ella gustaba mucho de los lulos, o pajes de Mollendo, con aceitunas.
Cuando fue adolescente, se enamoró de un joven. Su primera ilusión, pero grande fue su dolor cuando se enteró que aquel joven tenía una novia que estaba embarazada. Tal fue su decepción y sin contar con presencia paterna a su lado que decidió consagrar su vida al servicio de Dios. Viajó a Lima para estudiar enfermería en la escuela de las hermanas del sagrado corazón que operaba en el hospital Obrero, hoy, Guillermo Almenara.
Su carrera fue su dote, y luego de aprobar el noviciado, tomo los tres votos perpetuos: Obediencia, castidad y pobreza. Ahora era Sor María Catalina.
Ilustración 3 Esther, sosteniendo en brazos a Enoc, y en pie de izquierda a derecha Esther, Lea y Zoraya, hijas de su hermano Cesar. Se observa en el fondo, el hospital obrero.
Durante quince años sirvió con devosión pastoral a sus enfermos, como les decía ella. El pabellón de tuberculosis era su principal lugar de trabajo, hasta que ella misma se enfermó. Al negársele el permiso de pasar unos días con su madre, en Mollendo, Esther comenzó a albergar pensamientos de desánimo. Hasta que, luego de mucho luchar, desidió solicitar se le absuelvan de sus votos. Así fue que pasó a ser nuevamente una persona común.
En aquellos días, en que se hospedó en casa de una amiga muy querida, Gabina Hinostroza, conoció a quien sería el amor de su vida, Felix Pedro Balabarca Álamo, quien a la suerte, era chofer del mismo hospital obrero.
Tres años después, ellos se casaron y vivieron en el distrito limeño de Breña, para luego trasladarse al distrito de independencia, al lado de la Universidad Nacional de Ingeniería. Allí crecieron sus tres hijos, Mercedes Felícita, Ynés Rosario, e Yván Martín, todos con nombres que evocaban sus recuerdos de religiosa.
A pesar de las crisis económicas de la época, lograron comprar una casa en el actual distrito de Los Olivos, donde, en el año 1992 fue bautizada en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, el Trébol, donde volvió a casa. Ella sirvió a la iglesia como la hermana Esther, en diferentes cargos directivos.
Fue el 15 de junio del 2011 en que un desadaptado jovencito, por robarles un teléfono celular, la hizo caer junto con su hija Mercedes.  Pocos días después, ella acusó un dolor muy grave en la pierna derecha, aparentemente, un dolor lumbo ciático. Luego de guardar reposo, decidió tomar un baño, y es allí que sufrió una fractura patológica en la cadera izquierda.
El 24 de junio fue internada en la Clínica Adventista Good Hope, donde fue atendida con mucho cariño y consideración. El 28 fue operada, siendo la intervención, un éxito. El Dr. Daniel Huamán, fue una bendición en nuestra vida. El día 2 de julio salió de alta de la clínica, con el dolor bajo control. Pero quedaba la preocupación del dolor de la ciática.
Esperando los días para su control, en la tarde del día 18 de julio, gracias a la acertada intervención de su esposo e hija Ynés, una intempestiva subida de presión fue controlada. Pero avanzada la noche, ya el día 19, fue llevada de emergencia por el mismo cuadro. Ella presentaba un aparente cuadro de neumonía, y los médicos, con cautela, la subieron inmediatamente a la Unidad de Cuidados Intensivos.
Yo pensaba: “Mi mamita se muere”.
Aquel día por la tarde se le aplicó una resonancia, y el día siguiente se presumió una neoplasia a los pulmones. Ya respiraba con ayuda artificial.
El día 21 fue intubada para poder respirar, y fue ungida con aceite a las 11 de la mañana en UCI, gracias a la ayuda de las enfermeras, quienes, con real espíritu cristiano, ayudaron en el desarrollo de este rito cristiano, proveyendo consuelo a nuestra familia.
Por la tarde le retiraron un litro de líquido sanguinolento del pulmón izquierdo. Indudablemente era un cáncer.
A las 10:04 de la noche, el Dr. Saito, de turno en UCI, me llamó para solicitar nuestra presencia, porque las funciones vitales de mamá estaban decayendo rápidamente. De un momento a otro, mi esposa[4] y yo fuimos a recoger al resto de la familia. Llegamos a las 11:00 de la noche y fuimos testigos de los últimos momentos. Ella durmió sin dolor, a las 11:17 de la noche del día 21 de julio de 2011.
En mi vida, he visto gente muerta de diversas formas. Los he visto partidos en pedazos, debajo de enormes máquinas, o depositadas en ataúdes, desde lujosos hasta sencillos. Pero nunca la muerte fue tan significativa como hasta ese momento.
Recibimos el cariño y concreta solidaridad del personal de la Clínica, desde el Dr. Daniel Huamán (Un hombre de Dios), pasando por el personal administrativo y de salud, y llegando por nuestros amigos del área de vigilancia, quienes fueron comprensivos y atentos en todo momento. La Universidad Peruana Unión, desde el Dr. Juan Choque, Rector, pasando por nuestros colegas y amigos de la Facultad de Teología, y de otras Facultades y áreas de nuestra universidad. La Unión Peruana del Norte, desde su presidente, el Pr. Orlando Ramos, y nuestros amigos de la Iglesia el Trébol, especialmente, quien estuvo ayudándonos, viendo a mamá, nuestra hermana Delia de Benel. Gracias a quienes nos dieron mensajes de aliento y cariño desde las redes sociales y el email.
Fue muy duro. Un consejo. Los momentos donde no debemos faltar, es cuando un ser amado sufre y nos necesita. Pero… ¿Qué es la muerte?


[1]“Mollendo, 1930”, puertobravo.com, http://puertobravo.com/images/mollendo1930.jpg (consultado: 28 de agosto de 2011).
[2]“Antiguo Colegio Dean Valdivia”, revistamollendo.com, http://www.revistamollendo.com/nuevo/revista/revista1.jpg (consultad: 28 de agosto de 2011).
[3]Su padre, Leonidas Cárdenas, carpintero, y también trabajador en el donque de Mollendo (aduanas) abrazó la fe adventista, conduciendo a sus hijos en aquella fe, hasta que su muerte, cuando Esther solo tenía 8 años.
[4]Mi amada Victoria, quien me apoyó y sostuvo en estos momentos de dolor.

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