11 julio 2011

La relación entre esposos

Nuestras obvias diferencias

El hombre y la mujer somos diferentes no solo por las obvias diferencias físicas, sino por nuestra manera de percibir el mundo que nos rodea. El respeto a estas diferencias puede contribuir a desarrollar,  mantener y potenciar la dicha conyugal, mientras que su descuido puede ser causa de resentimientos y sentimientos negativos en uno o ambos cónyuges.

Recordemos que “el (o la) que haya esposa (o esposo) halla el bien, Y alcanza la benevolencia de Jehová” (Pro 18:22), y esta gracia de Dios (el matrimonio) debe conservarse con todos nuestros esfuerzos.

He aquí algunas de las diferencias que debemos tener en cuenta:

Las damas dan mucho peso a lo que huelen y escuchan. Cuando una dama escucha su nombre, es como música. Además si está bien pronunciado y con cariño, lo valora aún más. A esto se le debe sumar que si su interlocutor huele bien, a limpio o a alguna loción agradable, será mucho mejor bienvenida la charla. Yo no he escuchado a dos damas llamarse por sobrenombres indeseables como si he escuchado a los varones.

Los varones dan mucho peso a lo que miran y comen. Si un hombre es invitado a cerrar un negocio luego de una exquisita comida, entonces estará más dispuesto a firmar. Y si su interlocutora es una dama agraciada, aun más. Es que el hombre gusta mucha de contemplar y saborear.

De allí que el pecado de la pornografía se dé más en los varones.

Estas son algunas de las diferencias que deben ser aquilatadas y respetadas con el fin de cultivar la armonía familiar en pareja.

Nuestras amadas similitudes

Cuando trabajamos con novios, debemos establecer cuáles son los puntos afines de comunión. ¿En qué actividades comulgan ambos? Deporte, lectura, cocina, lavandería, visita a museos, visita a exposiciones, viajes, compras, etc. Todo punto de comunión es ganancia.

Esto debe ser evaluado en el noviazgo porque en el matrimonio no hay marcha atrás. Otros aspectos en que debemos ser semejantes es:

Paternidad, niveles de energía, espiritualidad, manejo de la familia, aspiraciones, empeño, locuacidad, entre otras. Los puntos de afinidad saludables deben de ser valorados y practicados con esmero y detenimiento.

Somos diferentes pero no totalmente.

“Recuerden los esposos que tienen ya bastantes preocupaciones como para hacerse infeliz la vida al permitir que se produzcan diferencias entre ellos.  Los que dan lugar a pequeñas diferencias invitan a Satanás al seno de sus hogares.  Los hijos perciben ese espíritu de contienda que se manifiesta por cosas sin importancia. . . Mis hermanos y hermanas: ¿No quisieran ser colaboradores de Dios para trabajar por la paz y la armonía?  Oren por la dulce y modeladora influencia del Espíritu Santo.  Sean gobernados los labios de ustedes por la ley de la bondad.  No sean agrios, descorteses ni duros.  Sean fieles a su profesión de fe. . .”.[1]

Uno de los puntos de conflicto, muy común: “se supone”

De acuerdo a la cita anterior, algunas parejas generan discusiones innecesarias cuando argumentan frases de culpa: “se supone”, “tu siempre”, “tú nunca”. Recuerden que lo que no se avisó, no se exige. No existe en el matrimonio: “se supone que esto o aquello se hace así”.  Un ejemplo simple es cuando el esposo encuentra el almuerzo servido de un modo en que no está acostumbrado (la ensalada encima del arroz, o en lugar de arroz, papas, o el guiso con abundante “jugo”), por lo que se molesta y reclama a su esposa esgrimiendo la frase: “se supone que esto no es así…”. 

Bueno. Nada se supone en el matrimonio. Si no se avisó, pues no se exige. Dejemos que pase la  primera ocasión, y luego conversemos, sin olvidar, de aquello que no nos gustó, siempre con asertividad (tocar los temas difíciles sin ofender al interlocutor).

La mayor necesidad de ella

Para mantener la dicha y armonía familiar es necesario que el esposo tenga en cuenta cual es la mayor necesidad de la mujer: amor y protección.

Protección no solo física y económica, sino también emocional: “Si el esposo es tiránico, exigente y crítica las acciones de su esposa, no puede conservar su respeto y afecto, y la relación matrimonial llegará a ser odiosa para ella.  No amará a su esposo, porque él no procura hacerse digno de ser amado.  Los esposos deben ser cuidadosos, atentos, constantes, fieles y compasivos.  Deben manifestar amor y simpatía. . .”.[2]

Un esposo que se muestre considerado, cariñoso, respetuoso, enseñará a sus hijos como debe ser su dinámica familiar para cuando se casen y así no aceptarán formar matrimonios diferentes al visto en su propio hogar.

Además los niños que vean a su padre tratar con tanto cariño a su madre, estarán más inclinados a obedecer el quinto mandamiento, no solo porque lo aprendieron, sino porque lo ven día a día.

La mayor necesidad del hombre.

Admiración y respeto. Un hombre que se siente admirado y reconocido por sus aciertos, se sentirá más esforzado a asumir su rol de líder del hogar. Pero ojo, por sus aciertos. Si comete errores, debe ser tan hidalgo de reconocerlos y pedir perdón. Esta conducta acompañada de un esfuerzo perseverante, harán que el hombre sea objeto de la admiración y respeto nacidos naturalmente de una esposa expectante y agradecida.

Una actitud indolente frente a las necesidades del hogar, hará que alguien asuma el liderazgo, y lo va a hacer la mujer si es que el hombre no cambia de rumbo. El hombre debe ser el líder y protector del hogar en todo nivel.

El respeto con que el hombre sea tratado por su esposa, invocará el respeto de los hijos por su padre. El respeto de la mujer por su esposo es más fruto de las actitudes de él, que de una obligación ciega de ella.

Resolviendo conflictos.

A pesar de las dificultades, los esposos deben tener la actitud de resolver conflictos. Aquel cónyuge que tenga dificultades en su relación, debe apostar por el diálogo y no por el enfrentamiento directo o indirecto, directo cuando se discute sin respeto y con violencia verbal, e indirecto cuando se evita la discusión y se ataca con estados de ánimo negativos. 

Hagamos uso de herramientas de asertividad.  Es la alternativa de comunicación más efectiva y satisfactoria ya que provee respuestas eficaces y prácticas que el útil conocer. Promueve la dignidad y el auto respeto en un plano de igualdad con los demás. Quien es asertivo demuestra que se respeta a sí mismo, respeta a los demás, es directo, honesto, apropiado, demuestra control emocional, sabe expresarse, sabe escuchar, es positivo y maneja un efectivo lenguaje no verbal.[3]

La asertividad es una conducta que se puede aprender y permite resolver mejor los conflictos tratando de conciliar y que todos cedan y ganen a la vez obligando a todos a ser responsables por su conducta.[4]

Pasos del dialogo asertivo:

1.            Exprese sus sentimientos negativos con franqueza y tranquilidad.
2.            Exponga claramente las razones que generaron su malestar.
3.            Proponga soluciones alternas a la conducta que generó la molestia.
4.            Exponga los resultados posibles de las soluciones de cambio adoptadas.

Sea asertivo con su cónyuge.

Conclusión

Querido amigo y amiga, construir una relación será más fácil cuando hay amor y comprensión. Quizá estoy comunicándome con una pareja que se ha maltratado por años, y que el amor y la relación han sufrido mucho. De pronto eres una persona que no puede manejar sus sentimientos de resentimiento, ira o revancha. 

Hoy te invito al entregar tu vida y tu hogar en las manos de quien realizó la primera boda. Hoy te invito a dejar ingresar a Cristo en tu familia y en tu relación de pareja para que el haga las transformaciones que deban ser hechas y sane las heridas del pasado.

Hoy podemos ser parejas de esperanza.


[1]Elena de White, Cada día con Dios (Mountain View, Calif. : Publicaciones Interamericanas, 1979), 112.
[2]Elena de White, El hogar cristiano  (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1975), 206.
[3]Eduardo Aguilar, Asertividad: cómo ser tu mismo sin culpas (México: Pax México, 1997), 62.
[4]Manuel Güell, ¿Por qué he dicho blanco si quería decir negro?: Técnicas asertivas para el profesorado y formador (Barcelona: GRAO, 2005), 17.

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