13 julio 2011

La relación de la madre con sus hijos


Una gran responsabilidad: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas” (Pro 31:10)

“Y ante todo, la madre necesita disciplinarse estrictamente y cultivar todas las facultades y los afectos de la mente y el corazón, para no tener un carácter distorsionado o unilateral y dejar en sus vástagos las señales de su deficiencia o excentricidad. Muchas madres necesitan ser llevadas a ver la positiva necesidad de un cambio en sus propósitos y caracteres a fin de realizar aceptablemente los deberes que voluntariamente han asumido al contraer matrimonio. Los conductos de la utilidad de la mujer pueden ampliarse y su influencia puede extenderse hasta un grado casi ilimitado si ella quiere dar la debida atención a estos asuntos, los cuales atañen al destino de la humanidad”.[1]

Uno de los mayores deberes que Dios ha confiado a los seres humanos es el deber de madre. Este es tan exigente y santo que no debiera tomarse con liviandad. Una madre debe ser tan disciplinada que su mente tenga claro que primero es el deber y en segundo lugar, el placer.
Sus lecciones claras y contundentes de pulcritud, orden, disciplina y constancia, ayudan a sus hijitos a tener una senda clara que seguir en su camino de vida.

La madre es una reina y como tal, debe llevar a sus hijos e hijas por la senda de la obediencia, haciéndolos partícipes de la vida domestica práctica del hogar. La madre no es la sirvienta de la casa, sino una administradora que, junto con ella, pone a trabajar a sus hijos para construir su ideal de hogar.

“La madre, al contemplar al hijo que ha sido entregado a su cuidado, bien podría preguntarse con profunda ansiedad: ¿Cuál es el gran blanco y objetivo de su educación? ¿Consiste en capacitarlo para la vida y sus deberes, en calificarlo para ocupar una posición honrosa en el mundo, para hacer el bien, para beneficiar a sus semejantes, y para ganar alguna vez la recompensa de los justos" si es así, entonces la primera lección que debe enseñársele es la del dominio propio; porque ninguna persona indisciplinada y testaruda puede esperar tener éxito en este mundo o recompensa en el venidero”.[2]

Una madre debe ser el derrotero de constancia en el cual miren sus hijios. Este es el deber que debe honrar la mujer al asumir la responsabilidad del matrimonio. Una vez casada, debe pensar que es la dueña de un hogar, y que los hijos vendrán en algún momento y que debe darles lección prácticas de dominio propio.

Un mensaje para los hijos: “En vez de que sea tu madre la que se levante por la mañana y te lleve el desayuno a la cama, tú debes ser quien diga: "Mamá, no te levantes esta mañana. Nosotros vamos a hacer los deberes de la casa." Deberías dejar descansar en la mañana a aquellas personas cuyo cabello se está tornando gris".[3]
Hijos, no viven ustedes en una pensión, sino en un hogar. Háganse hábiles en los sencillos y necesarios deberes del hogar: cocinar, barrer, lavar, limpiar, recoger y poner las cosas en su lugar. No se dejen llevar por la pereza y la indolencia.

Hagamos felices los corazones de las madres, haciéndoles ver que sus hijitos entendieron que al hacer los deberes de la casa, están formando sus caracteres de manera práctica, con lecciones de constancia y laboriosidad.

Criando varones

La madre que tiene hijos varones, necesita la ayuda constante de su esposo. Él es una parte esencial de la educación de sus vástagos, y además, debe asumir también los deberes de su educación en casa, en mayor compromiso y notoriedad.

“El padre de niños varones debe tratar íntimamente con sus hijos, darles el beneficio de su experiencia mayor, y hablar con ellos con tanta sencillez y ternura… Puede resultar muy difícil para la madre ejercer dominio propio y dirigir sabiamente la educación de sus hijos.  En tal caso, el padre debe asumir una parte mayor de la carga.  Debe resolver que hará los esfuerzos más decididos para salvar a sus hijos”.[4]

Un padre comprometido con la crianza de sus hijos varones aliviará a los esfuerzos hogareños de la madre y además, servirá de ejemplo a los niños de cómo debe de comportarse un padre amoroso y considerado con las damas.

Las energías propias de los varoncitos serán mejor canalizadas con la fuerza y vigor de un padre. Salgan los padres con sus hijos a jugar a los parques. Si el padre no gusta de los deportes, pues debe esforzarse para que sus hijos salgan al aire libre con él.

Mientras más expuestos estén los muchachos a experiencias seguras, pero variadas (como montar a caballo, o conseguir que suban a un medio de transporte diferente) ayudará a los niños a aprender mejor las lecciones escolares.

Es muy valiosa la intervención amorosa del padre en la educción de los hijos, no solo para los niños sino también para la madre quien se sentirá alentada y valorada.

El padre y la madre, en acuerdo, “la madre que ha vigilado todo el desarrollo de la mente desde la infancia, y conoce su disposición natural, es la que está mejor preparada para aconsejar a sus hijos. ¿Quién puede decir como la madre, ayudada por el padre, cuáles son los rasgos de carácter que deben ser refrenados y mantenidos en jaque?”.[5]

Criando niñas

“A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Gen 3:16). Aunque este texto se ubica en la narración del juicio del hombre y de la mujer luego del pecado, deja ver el milagro de la procreación en la que la mayor parte de aquel privilegio lo lleva la mujer.

El criar niñas es uno de los desafíos más grandes que tiene una pareja, porque no solo crían a un ser humano, sino a quien será parte importantísima de la formación de un nuevo hogar, y quien tendrá también la labor delicada de formar el carácter de los hijos.

Es bueno que las niñas sean educadas en artes como la música y la pintura, pero también deben ser conducidas a desempeñarse muy bien en labores domésticas (al igual que los varones), como cocinar, limpiar, lavar y trapear.

El cariño que sus padres puedan entregarle la protegerá de estar acompañada de jovencitos, en planes de romances indebidos en la adolescencia. La presencia de los padres ayudará a formar en las niñas seguridad y confianza. La presencia de los padres no solo es en cuerpo sino también en intereses, dialogo, comprensión y juegos, por supuesto, para que la niña sepa desde pequeña que puede contar con sus padres en los momentos de crisis.

Estoy sola

A veces, alguna mujeres deben atravesar la maternidad sin la ayuda de un cónyuge, y esto se puede deber por la muerte, viaje o ausencia de uno.

Cuando la madre debe asumir la crianza y educación de los hijos sola, debe recordar que Dios mismo la cuida y ayuda. Nadie podrá hacer la veces de un padre para un niño, pero el afecto masculino puede ser aprovechado por el niño de un abuelo o un tío saludable, y ellos, aunque muy afectuosos, no reemplazaran totalmente el rol de un papá.

No es momento de hallar culpables por una situación tal, sino el de enfrentar esta situación con una actitud de amor y paciencia, porque Dios mismo ayudará a la mamá que atraviesa una situación así.

“Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo” 
(Isa 41:13)

En la difícil tarea de formar hijos sola, Dios mismo te ayudará.




[1]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 68.
[2]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 84.
[3]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 117.
[4]Elena de White, El hogar cristiano  (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1975), 199.
[5]Elena de White, El hogar cristiano  (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1975), 171.

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