05 julio 2011

La relación de la familia con Dios


El origen de la familia (Adán y Eva)
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto” (Gen 1:31 R60). Todo estaba terminado. El marco era propicio para el florecimiento del amor, del gozo, de la paz, de la cortesía, de la bondad. El Edén era perfecto, y los primeros seres humanos, perfectos en todo, habitaban allí. Se gozaban en la presencia de Dios y en la expresión concreta de su amor: la creación.
Fue aquel primer sábado en que se deleitaron en la presencia misma del Creador, aprendiendo de su tierno y amoroso Padre. ¡Cuánto gozo y paz! ¡Todo era perfecto!
Como parte de aquella felicidad, el Señor instituyó dos instituciones gemelas para la raza que señorearía su creación:
El sábado, “Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación” (Gen 2:3); y la familia:
“Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gen 2:23-24).

Tanto el sábado como la familia fueron establecidos, con la participación del hombre, para ser el marco de comunión entre Dios y su pueblo. Estos eran el eje del diseño divino de Dios para la felicidad eterna del hombre. La maquinaria perfecta para que la raza humana creciese de gloria en gloria y se deleite en su Creador. Imagínese: Familia y sábado. Dos estructuras perfectas para brindar dicha y felicidad a la raza humana.

“El sábado y la familia fueron instituidos en el Edén, y en el propósito de Dios están indisolublemente unidos”.[1]


El diseño divino
Dios tuvo en mente un diseño al crear a la familia. Fíjese en esta cita:
“El sistema de educación instituido al principio del mundo, debía ser un modelo para el hombre en todos los tiempos.  Como una ilustración de sus principios se estableció una escuela modelo en el Edén, el hogar de nuestros primeros padres.  El jardín del Edén era el aula, la naturaleza el libro de texto, el Creador mismo era el Maestro, y los padres de la familia humana los alumnos”.[2]
Dios pretendía que el hogar sea el centro de instrucción de su carácter y perfección para la raza humana. Era el centro de la reunión divino humana. Era el centro de la comunión entre Dios y sus criaturas. ¡Qué maravilloso amor de Dios! ¡Vivir con sus criaturas en estructuras de amor, respeto, comprensión y cariño! ¡Cuán trascendentes son tus juicios o Señor! ¡Cuán perfectos tus caminos!
La familia humana tendría un lugar concreto de comunión e instrucción: el hogar, el primer hogar del jardín del Edén.
Es allí donde Adán y Eva se regocijarían en estar al lado de su Padre Celestial, gozar de la presencia de seres santos, y vivir en plena dicha de comunión con Dios.
Aun después del pecado, fue a través del altar familiar que Dios se seguiría encontrando en adoración con sus hijos, cada día y en especial los sábados.
Pero fue también luego del pecado que el Diablo trató por todos los medios de destruir estas dos maravillosas instituciones. Ha tratado de borrar de la mente de la humanidad el sábado y de desestabilizar el hogar. Incluso, como símbolo de su rebelión, procuró establecer en el Edén su cuartel general.[3] El primer esfuerzo que hizo para introducir un cambio aberrante fue no mucho después de la caída de la santa pareja:
“Y Lamec tomó para sí dos mujeres; el nombre de la una fue Ada, y el nombre de la otra, Zila” (Gen 4:19). La poligamia es la abierta expresión de desafío al plan de Dios, y quien estuvo detrás de Lamec fue el mismo enemigo de las almas para desdibujar el hermoso plan de Dios para la vida de los hombres, y así introducir rencor, dolor, infelicidad, revancha, venganza y todos los sentimientos negativos en el corazón del lugar donde el hombre debía de encontrarse con su Creador.
Comenzaba así el enemigo a sembrar en la mente de los hombres otras estructuras de familia que trajeron dolor y desgracia para todo el género humano a través de los siglos. Fue tanta la desorientación en la que incurrieron los magníficos seres humanos antediluvianos que su maldad llegó a los límites de la depravación, por lo que Dios tuvo que purificar la tierra mancillada, y fue a través del diluvio.
Dios nuevamente salvó a su remanente por un hogar, el de Noé. Y fue luego de aquel cataclismo que Noé adoró en un culto familiar, al Señor misericordioso y piadoso.
Cuantos hogares destruidos por los planes de Satanás para las familias. Mujeres amargadas, sintiéndose utilizadas, hombres destruidos, hijos cuestionándose un sentimiento de culpa que no merecen
El plan de Dios para la familia
Fue el plan de Dios que las familias se constituyeran en familias de esperanza para todos los que se relacionaran con ellos. “Sólo la presencia de Cristo puede hacer felices a hombres y mujeres.  Cristo puede transformar todas las aguas comunes de la vida en vino celestial.  El hogar viene a ser entonces un Edén de bienaventuranza; la familia, un hermoso símbolo de la familia celestial”.[4]
La presencia del culto familiar tiene que santificar a cada miembro de la familia a fin de hagan de Cristo el centro de su vivir, depongan su orgullo y se refinen en el trato mutuo para ser realmente un modelo de unidad que irradie no solo una imagen de tierna camaradería, sino una vida concreta y sincera de unidad en las diferencias propias que cada uno de los individuos de un hogar tienen.
Las familias pos diluvio, fueron patriarcales y también fueron modelos poderosos de testificación, con un padre sacerdote en casa; con una madre digna y siempre respetada por su esposo. Modelos de hogar que formaban a su vez, nuevos hogares a su imagen y semejanza en sus hijos y criados.
Hogares de esperanza formados que se expandían por todos los alrededores de la tierra para llevar la luz de un Dios de amor que se manifestó a ellos.
Fueron muchos los hogares que llevaron la fe en Jehová, a diversas partes de la tierra conocida. Pero también fueron hogares muy humanos, con sus flaquezas y caídas, pero temerosos de Dios, capaces de correr a los tiernos brazos de su padre celestial, implorando perdón, y esperanza humildemente, por fe, el cumplimiento de la promesa de la redención.
Reales hogares de esperanza en el cumplimiento de la venida del mesías.
Yo recuerdo el caso de jóvenes que al visitar el hogar cristiano de una pareja consagrada, sintieron deseos intensos de formar parte de ello. Esa es la forma más efectiva de testificación: “Yo quiero tener un hogar como el suyo… ¿Qué debo hacer?
Estadísticas alarmantes de desviarse del plan de Dios
Durante siglos, el desviarse del plan de Dios ha traído dolor y humillación a la pareja.
El divorcio es uno de los problemas mayores que se tiene hoy:
En Estados Unidos:
1.            El cincuenta por ciento (50%) de las familias americanas son por nuevo matrimonio.
2.            Un matrimonio dura en promedio siete años.
3.            El 75% de las personas que se divorcian, se casan de nuevo.
4.            El 50% de niños menores de 13 años viven con padrastros o madrastras.
5.            El 50% de mujeres desarrollan el rol de madrastras
6.            Dos de tres matrimonios de parejas mejores de 30 años se divorcian.[5]
No mencionamos los hogares mono parentales, las consecuencias del incesto, las consecuencias en los niños y adolescentes del divorcio, la violencia familiar, el descuido de los niños, la infidelidad y sus consecuencias en la pareja, etc.
La cantidad de abortos en adolescentes que no tuvieron la mentoría de sus padres, de manera oportuna y adecuada, la cantidad de muertes en complicaciones de parto de adolescentes. Cuántos de ellos vieron sus sueños trucados por un niño no deseado.
Cuantos hogares con apariencia de vitalidad, pero por dentro, muertos como un sepulcro.
Son muchas las crisis de pareja que hoy azotan a la familia y todas ellas son porque el ser humano se está alejando del modelo de hogar que Dios instituyó en el Edén.
Conclusión
Quizá eres una persona que está atravesando severas crisis en tu hogar. Nadie sabe y aparentemente nadie se interesa. Das una imagen de hogar constituido, pero cuando llegas a tu casa, vives separado de tu cónyuge.
Quizá eres un hijo o una hija que llora en las noches, suplicando, aparentemente en vano, porque tus padres no se divorcien. Quizá eres una persona que ha vivido los efectos de un divorcio. Cuantos años creíste que fuiste tú el culpable.
Quizá eres una mujer sola. Tú te interesas en mejorar, pero tu cónyuge no quiere saber nada.
Hoy conoces que Dios te ama y quiere hacer de tu hogar, pero no puedes solo, o sola. Clama al Creador del Hogar. Pide ayuda al Todopoderoso.
Quizá eres un hombre, que por tu carácter has herido a tu esposa e hijos. Por años los has maltratado y ellos te obedecen más por miedo que por amor.
Quizá eres una mujer que necesita el perdón de tu esposo. Un hijo que necesita el perdón de sus padres. Pues te digo algo en el nombre del Señor. Hoy puede ir a Cristo, y encontrar esperanza de perdón, y poder para cambiar. Hoy puedes ser un hombre  o una mujer nuevos. Hoy puede ser el inicio de un hogar de esperanza.


[1]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 508.
[2]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 275.
[3]Elena de White, No deserto da tentação (Tatuí, SP : Casa Publicadora Brasileira, 2002).

[4]Elena de White, El hogar cristiano  (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1975), 25.
[5]Gloria Isaza, “Las alarmantes estadísticas del divorcio”, nosdivorsiamos.com, http://www.nosdivorciamos.com/articulo.php?id=PD003 (consultado: 04 de julio, 2011).

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