06 julio 2011

La relación de la familia con Dios II


El culto personal de los padres.

Al emprender toda gran obra es necesario estar en comunión intima con Dios. Los que son padres, además son sacerdotes. Escrito está: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pe 2:5). Todos somos llamados a ser sacerdotes, para tener directo acceso “al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb 4:16).

Además, “si hemos de ser colaboradores con Dios, debemos tener comunión directa con él; debemos solicitar su dirección en todo lo que emprendamos. . .”.[1] Somos hijos de luz para criar a otros hijos de luz.
Pero ¿Cómo vamos a guiar a nuestros hijos si nosotros no estamos listos para ver al Señor cada mañana en la primera hora de la mañana? “Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración:  "Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y sea toda mi obra hecha en ti".[2]

Somos llamados a ser sacerdotes de nuestros hijos, pero para ejercer este oficio sagrado, debemos decidir consagrarnos cada mañana “como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Rom 12:1). Buscar disfrutar del culto personal es el privilegio de vivir una experiencia con Dios de manera intima y constante.

“Podemos dejar muchas malas costumbres y momentáneamente separarnos de Satanás; pero sin una relación vital con Dios por nuestra entrega a él momento tras momento, seremos vencidos. Sin un conocimiento personal de Cristo y una continua comunión, estamos a la merced del enemigo, y al fin haremos lo que nos ordene”.[3] Pero si estamos en comunión intima con la Deidad, entonces finalmente haremos su voluntad y esta experiencia nos hará padres enteramente preparados para toda buena obra.

El culto familiar.

Pero aquí no acaba todo lo que podemos y es nuestro deber hacer, porque no solo somos padres de niños terrenos, sino de futuros habitantes del cielo. “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”  (Deu 6:6-7).

Es nuestro deber repetir la misma voz de Josué: “Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos 24:15).

Este es el principio del culto familiar: El de preparar a nuestros hijos para seguir en los caminos que los llevarán hacia el cielo: “Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Pro 22:6).

Recuerdo con cariño cuando de niño mi madre nos acompañaba a decir nuestras oraciones, hasta prepararnos para dormir. Esta práctica quedó grabada en mi mente de tal modo que aun hoy me resulta agradable el hacer lo mismo con mis hijas.

Al hacer el culto familiar todos los días cultivamos un hábito en sus mentes, de tal modo que cuando ellos lleguen a ser padres, harán lo mismo con sus hijos y estos con los suyos a su vez. Nos constituimos en familias de esperanza, en hijos de Dios con las mentes llenas de la bendita esperanza, del amor de un Dios que pronto volverá para llevarnos a morar en aquel hogar de hogares, aquella ciudad feliz más allá del sol.

El culto con niños.

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó” (Mat 11:25-26). La niñez es la época prima de la construcción del carácter y de la moral.

Es el tiempo en que los maestros primeros deben ser los padres. Nadie estudió para ser papá o mamá, pero no tenemos excusa para no leer en el camino aquello que nos resulte útil. Nuestros cultos con los niños deben ser breves y muy entretenidos, echando mano de las mímicas, las canciones, las pantomimas y demás estrategias que contagien entusiasmo a los niños a la hora de adorar al Señor en familia, en el altar familiar.

Es sabido que hay hijos de diversos tipos, están los que son de voluntad fuerte, los que son muy dulces y amorosos y los que son de término medio. Si usted tiene un niño de voluntad fuerte, entonces bienvenido al club de los padres agotados emocionalmente; pero no se dé por vencido, recuerde que son niños y todo niño responde al amor y a la disciplina correctamente aplicada.

Todo niño reacciona a una buena historia, bien narrada y bien “actuada”. Tú me podrás de decir: “Pero no me gusta hablar”. Pues entonces tendrás que exigirte a hablar y tomar de tus habilidades histriónicas para que tu hijo se embelese con la lección de cuna, infantes, primarios y hasta intermediarios.

Este es el tiempo de sembrar, para que la adolescencia sea más llevadera al momento de orientar. Recuerde que el hogar es el lugar de las alianzas, de las uniones significativas y duraderas, y estas no llegan de la nada, sino que son el resultado del ESFUERZO de los padres en primer lugar, y de los hijos.

Hay niños que reaccionan y aprenden mejor a través de la música, otros a través de cuadros, otros por el movimiento coordinado, otros por el dibujo, otros por el juego, otros por la escritura… hay que esforzarnos porque la Palabra de Dios llegue a la mente de nuestros niños de la manera en que a ellos les resulte significativa.

 El culto con adolescentes

Sin duda muchos hogares constituidos atraviesan crisis serias cuando sus hijos alcanzan la adolescencia, y esto fue así aun en la casa de parejas consagradas al Señor.

Se ha sugerido la existencia de cuatro tipos de familias con hijos adolescentes:

El tipo I, son las familias que tienen un funcionamiento adecuado, con mucha vinculación emocional entre los miembros del hogar, y existe flexibilidad en el sistema familiar. Hay una comunicación positiva entre padres e hijos adolescentes.

El tipo II, son las familias que no logran un adecuado funcionamiento familiar, tienen poca vinculación y flexibilidad, pero consiguen tener una comunicación abierta entre padres e hijos.

El tipo III, el funcionamiento es adecuado, pero la comunicación está cargada de problemas.

El tipo IV, son las familias que tienen bajos recursos de comunicación y funcionamiento familiar. Son las más problemáticas en procesos de afrontar la adolescencia.[4]

Es necesario que se desarrollen capacidades de vinculación, flexibilidad y comunicación abierta y esto exige un esfuerzo de los padres en su capacidad de negociación tendiente a hacer más participativa y recíproca la relación con sus hijos adolescentes. Deben, lejos de discrepar con ellos, delegar ciertas decisiones para el buen desarrollo de su identidad y el logro de su bienestar.

El culto en esta etapa debe ser desarrollada en forma de diálogo, tendiente a cubrir necesidades. La lectura de las lecturas matinales es buena, pero es menester aplicar a las necesidades de los hijos adolescentes, las lecciones aprendidas, teniendo en cuenta que los adolescentes necesitan aprobación, confianza de los padres, orientaciones claras en cuanto a sexualidad, amistad, diversiones, horarios y autoridad paterna. El culto debe ser la base para un diálogo abierto y agradable (aunque a veces sea necesario polemizar un poco sin él ánimo de quedar siempre con la última palabra, es decir, conceder pequeñas victorias a veces).

“Y acontecía que habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Este es el texto de padres con hijos adolescentes que luchan por lograr cierto grado de independencia y que los padres ven como amenaza de la unidad familiar este pedido juvenil.

Recuerden “Padres, sean sencillas las instrucciones que dais a vuestros hijos, y aseguraos que las comprendan claramente.  Las lecciones que aprendéis de la Palabra, debéis presentarlas a sus mentes juveniles con tal claridad, que no puedan dejar de comprenderlas.  Por sencillas lecciones sacadas de la Palabra de Dios y de su propia experiencia, podéis enseñarles a conformar su vida a la norma más alta.  Aun en la infancia y la adolescencia pueden aprender a vivir vidas llenas de reflexión y fervor, vidas que den una rica mies de bien”.[5]

La adolescencia es un periodo crítico, y aun allí, debemos velar porque nuestros hijos sean orientados por las palabras del Señor. Velar por sus relaciones humanas y solidificar las relaciones con ellos, que se construyen sobre la base de la relación saludable entre padres e hijos durante la niñez.

Conclusión.

Cuantas veces debemos he escuchado de padres clamando por ayuda por un hijo adolescente díscolo. Quizá eres una madre que llora por una hija desorientada. Quizá eres un padre que sufre y ha probado de todo por llevarse bien con su hijo. Quizá eres una madre que no aprueba el novio de la hija, o un padre que tiene mucho temor de lo que pueda estar haciendo su hijo.

Pero si ya tienes dificultades con un hijo o hija en la adolescencia, busca ayuda de otros padres cristianos con más experiencia que tú, y clama al Señor, para que te de sabiduría en lo tocante a la crianza de muchachas y muchachos en esta etapa.

Hoy es el momento de iniciar una cruzada de oración y de acción a favor de levantar altares de oración y estudio hábil de la Palabra con nuestros hijos pequeños y adolescentes.
Reconstruyamos los altares familiares y congreguemos con entusiasmo a nuestros pequeños, y luego veremos una cosecha de adolescentes y jóvenes dóciles a la Palabra de Dios.


[1]Elena de White, Cada día con Dios (Mountain View, Calif. : Publicaciones Interamericanas, 1979), 20.
[2]Elena de White, Camino a Cristo (Madrid: Editorial Safeliz, 1968), 70, 71.
[3]Elena de White, El deseado de todas las gentes (Bogotá : Publicaciones Interamericanas, 1979), 292.
[4]Estefanía Estévez, Terebel Jiménez y Gonzalo Musitu, Relaciones entre padres e hijos adolescentes (Valencia: Edicions Culturals Vaencianes, 2007), 38.
[5]Elena de White, Conducción del niño (Bogotá: Asociación Publicadora Interamericana, 2002), 488.

No hay comentarios.: