19 marzo 2011

LIMPIAME


Salmos 51:7 “Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve”.

“El hisopo usado para rociar la sangre era un símbolo de la purificación.  Era empleado para la limpieza del leproso y de quienes estaban inmundos por su contacto con los muertos” (Patriarcas y profetas, 282).

Y nosotros estamos enfermos con una enfermedad llamada “pecado”, la cual crea en nosotros hinchazón y podrida llaga; ¡somos leprosos!, que andamos por la vida gritando nuestra enfermedad y oliendo un aroma de muerte para muerte. Pero bendito sea el Señor y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el cual nos dio el más valioso de los dones: a su propio Hijo, a fin de que por medio de la fe en Él y en su sacrificio, seamos hechos limpios.

Dios nos ha hecho partícipes de toda bendición espiritual por su Santo Espíritu. La Trinidad entera participa en el drama mundial de salvar a la raza caída de su deplorable estado. Dios cambiará tus pecados rojos como el carmesí, en blanca lana. Esta es la base de todas las demás acciones. Desde esta convicción es que se parte para todas las demás.

En gratitud a la limpieza que el Señor hace en nosotros, empezamos a obedecer una serie de normas, ya no para salvarnos, sino por gratitud, y estos mandamientos, no son gravosos, sino ligeros, porque el resultado de obedecerlos es gozo y paz, es la potenciación de la capacidad de mantenernos unidos al Creador.

El obedecer los 10 mandamientos y las leyes de la salud (las cuales fueron provistas por Dios para preparar un pueblo para su venida y aliviar el sufrimiento del mundo) nos preparan para estar en contacto con Dios y con nuestros semejantes de una mejor manera.

Hoy confiemos en que Dios no nos dejará sin su perdón si es que acudimos a Él arrepentidos.

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