07 noviembre 2010

JOSIAS


2 Reyes 23:5  “Y quitó a los sacerdotes idólatras que habían puesto los reyes de Judá para que quemasen incienso en los lugares altos en las ciudades de Judá, y en los alrededores de Jerusalén; y asimismo a los que quemaban incienso a Baal, al sol y a la luna, y a los signos del zodíaco, y a todo el ejército de los cielos”.

“El atrevido desafío que el rey dirigió a Dios al poner así a un lado instituciones divinamente establecidas, no quedó sin reprensión. Aun mientras oficiaba y quemaba incienso durante la dedicación del extraño altar que había levantado en Betel, se presentó ante él un hombre de Dios del reino de Judá, enviado para condenarle por su intento de introducir nuevas formas de culto. El profeta "clamó contra el altar, . . . y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo, llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altos que queman sobre ti perfumes; y sobre ti quemarán huesos de hombres” (Profetas y reyes, 74, 75).

Cuando el buen rey Josías subió al trono lo hizo solo de 8 años. La que un profeta le hizo a Jeroboam (este fue quien intervino en la división del pueblo de Dios en dos reinos, norte y sur) varios años antes había sido olvidada porque los libros fueron dejados de lado, pero se cumplió con este rey. Cuando Josías fue adulto, el sacerdote Hilcías le acercó el libro de la ley que fue reencontrado en el templo.

Al leérsele el libro, Josías escuchó las severas reprensiones de Dios contra la apostasía. Con urgencia el rey envió una comisión de alto nivel a un profeta. Pero estos no consultaron al gran Jeremías que vivía ya, sino a Hulda, una profeta de quien no se conservó ningún escrito; una luz menor que aclaró, reforzó y validó la luz mayor.

Esto impulsó aun más las reformas del rey. Hoy día busquemos la palabra del Dios y del espíritu de profecía y verás como un espíritu de reforma comenzará en tu vida.

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