16 enero 2009


Hallábase Jesús en Jerusalén. Andando solo, en aparente meditación y oración, llegó al estanque. Vio a los pobres dolientes que esperaban lo que suponían ser su única probabilidad de sanar. Anhelaba ejercer su poder curativo y sanar a todos los que sufrían. Pero era sábado. Multitudes iban al templo para adorar, y él sabía que un acto de curación tal excitaría de tal manera el prejuicio de los judíos que abreviaría su obra.

Pero el Salvador vio un caso de miseria suprema. Era el de un hombre que había estado imposibilitado durante treinta y ocho años. Su enfermedad era en gran parte resultado de sus malos hábitos y considerada como castigo de Dios. Solo y sin amigos, sintiéndose excluido de la misericordia divina, el enfermo había sufrido largos años. Cada vez que se esperaba el movimiento del agua, los que se compadecían de su desamparo lo llevaban a los portales; pero en el momento propicio no tenía a nadie para ayudarle a entrar. Había visto agitarse el agua, pero nunca había podido pasar de la orilla del estanque. Otros más fuertes que él se sumergían antes. No podía contender con éxito con la muchedumbre egoísta y arrolladora. Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el resto de sus fuerzas.

El enfermo estaba acostado en su estera y levantaba ocasionalmente la cabeza para mirar el estanque, cuando un rostro tierno y compasivo se inclinó sobre él, y atrajeron su atención las palabras: "¿Quieres ser salvo?" La esperanza renació en su corazón. Comprendió que de algún modo iba a recibir ayuda. Pero el calor del estímulo no tardó en desvanecerse. Recordó cuántas veces había tratado de llegar al estanque; y ahora tenía pocas perspectivas de vivir hasta que fuese nuevamente agitado. Volvió la cabeza, y cansado dijo: "Señor.... no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de mí ha descendido."

Jesús le dice: "Levántate, toma tu lecho y anda." (Vers. 6-8.) Con nueva esperanza el enfermo mira a Jesús. La expresión de su rostro, el acento de su voz, no son como los de otro cualquiera. Su misma presencia parece respirar amor y poder. La fe del paralítico se aferra a la palabra de Cristo. Sin otra pregunta, se dispone a obedecer, y todo su cuerpo le responde.
En cada nervio y músculo pulsa una nueva vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. De un salto se pone de pie, y emprende la marcha con paso firme y resuelto, alabando a Dios y regocijándose en sus fuerzas renovadas.

Jesús no había dado al paralítico seguridad alguna de ayuda divina. Bien pudiera haber dicho el hombre: "Señor, si quieres sanarme, obedeceré tu palabra." Podría haberse detenido a dudar, y haber perdido su única oportunidad de sanar. Pero no; él creyó en la palabra de Cristo; creyó que había sido sanado; inmediatamente hizo el esfuerzo, y Dios le concedió la fuerza; quiso andar, y anduvo. Al obrar de acuerdo con la palabra de Cristo, quedó sano.

El pecado nos ha separado de la vida de Dios. Nuestras almas están paralizadas. Somos tan incapaces de llevar una vida santa como lo era el paralítico para andar. Muchos se dan cuenta de su desamparo; desean con ansia aquella vida espiritual que los pondrá en armonía con Dios, y se esfuerzan por conseguirla; pero en vano. Desesperados, exclaman: "¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?" (Rom. 7:24.) Alcen la mirada estas almas que luchan presa del abatimiento. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: "¿Quieres ser salvo?" El os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis hasta sentir que sois sanos. Creed en la palabra del Salvador. Poned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera que sea la mala práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra alma y vuestro cuerpo, por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede y anhela libraros. El infundirá vida al alma de los que "estabais muertos en vuestros delitos." (Efesios 2:1.) Librará al cautivo que está sujeto por la debilidad, la desgracia y las cadenas del pecado. (El Ministerio de Curación 55-57).

HOY SABADO, EL SALVADOR ESTÁ CONTIGO COMO TODOS LOS DIAS Y TE PREGUNTA: "¿QUIERES SER SALVO?", RESPONDE TU Y ESCUCHALO EN JEREMIAS 33:3. ¡FELIZ SABADO! A TODOS LO AMIGOS DE BOLIVIA Y EL RESTO DEL MUNDO.

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