07 septiembre 2007

Mártires por la fe


Durante los tres primeros siglos del cristianismo se alternaron tiempos de brutal persecución con momentos de relativa tranquilidad. En los dos primeros siglos se vivieron persecuciones más bien limitadas y esporádicas, mientras que en el siglo III ya se extendieron a todo el imperio romano. La primera persecución conocida data del año 64 y es la de Nerón, que para encubrir los rumores de su culpabilidad en el incendio de Roma acusó a los cristianos. Sin embargo, el historiador romano Tácito explica que se tomó la decisión de capturar a los cristianos siendo acusados menos del crimen de incendio que del de “odio contra el género humano”. Ya en época de Trajano, Plinio el joven —que gobernaba la provincia de Ponto-Bitinia— escribió al emperador en referencia a una “superstición irracional y desmesurada” que estaba bastante extendida: “Son muchos de todas las edades, de todas las clases sociales, de ambos sexos, los que están o han de estar en peligro. Y no sólo en las ciudades, también en las aldeas y en los campos se ha propagado el contagio de semejante superstición”. Posteriormente, emperadores como Adriano, Marco Aurelio, Septimio Severo y Maximino el Tracio no eran partidarios del cristianismo, pero en general las persecuciones fueron esporádicas; El cristianismo no estaba prohibido legalmente, pero podía ser perseguido en cualquier momento. El secretismo que mantenían los cristianos también acrecentó su impopularidad: las asambleas mixtas de “hermanos” y “hermanas”, en las que se daban el beso de la paz podían ser vistas como inmorales y sospechosas de incesto; El comer el cuerpo y la sangre de Cristo podría estar detrás de las acusaciones de sacrificio de niños. Los romanos no penalizaban los demás cultos siempre y cuando se respeteran los oficiales. Pero los cristianos creían en un solo Dios y se negaban a adorar a los dioses del panteón oficial, por lo que toda la venganza caía sobre ellos. Ante cualquier desgracia o catástrofe natural se culpaba a los cristianos. Como afirma Tertuliano en Apologético: “Si el Tíber se desborda, si el Nilo se desmadra, si el cielo no da lluvia, si la tierra tiembla, si la peste se extiende, si sobreviene una carestía, de inmediato surgen por doquier los gritos: la culpa es de los cristianos”.


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